lunes, 26 de junio de 2017

Tu esperado día de Junio

- Vas a ser la última en hablar-, me dijiste el otro día mientras comíamos. -Qué responsabilidad- te contesté, sabiendo que a esas alturas sólo tenía sobre el papel unas cuantas ideas sin hilar. Al mismo tiempo me preguntaba por qué me estaba costando tanto si era tan fácil, sólo había que mirar tus ojos y conocer siquiera de refilón la ilusión que llevas meses poniendo en este día para que la inspiración arrancase a volar. No, no conectaba con ninguna emoción lo suficientemente intensa como para encontrar la argamasa que uniera mis pensamientos sueltos.
Pero ése era precisamente el obstáculo: la búsqueda de emociones. ¡Mira que no haberme dado cuenta! Las emociones, que nos ayudan a acercar lo lejano, a orientarnos en nuestros caminos, a dar nuestros primeros pasos… ¿cómo iba yo a sentir una emoción exaltada ante una presencia en mi vida tan constante y rotunda como la tuya? Lo evidente, lo incuestionable, es tan humilde que no necesita de alharacas para llamar la atención, simplemente, está.
Y es irónico porque, ¿cómo le daría a la vida por unir a dos personas tan distintas como tú y yo para que compartiéramos tanto? Compartimos familia, compartimos habitación durante años y, si yo tenía miedo y tú me dejabas, compartíamos tu cama. Cuando apagábamos la luz me compartías tus historias del colegio y después, las del instituto. Yo escuchaba y me iba haciendo aliada de tus aliados y enemiga de los que te ofendían. Eras mi referencia hasta que fui encontrando las mías propias.
Somos creadoras de dos mundos diferentes girando en un mismo espacio. Hemos aprendido a danzar en nuestras órbitas sin colisionar, respetando cada una el universo de la otra. Eres el cristal que me ofrece otras perspectivas, la ventana a lo que desconozco. Tu mirada complementa la mía y no tengo más remedio que rendirme a la evidencia de lo que veo a través de ti.
Desde mi propio cristal te he visto crecer, te he visto luchar, te he visto reír y llorar… y desde hace un tiempo te veo caminando a través de tus sueños, sintiendo que tu vida se redondea, disfrutando de lo bonito que te tenía guardado. Yo me complazco sentada en mi rincón, sintiéndote cada vez más fuerte y confiada, con la valentía de ir apartando de tu lado lo que no te hace bien y quedándote sólo con lo que florece.
Te quiero mucho, hermana. Gracias por ser mi espejo, gracias por tu ejemplo, tu afán de superación, tu fuerza incansable, tu confianza al perseguir tus sueños, tu sencillez, tus ganas de hacer felices a los demás, tu inocencia.
Me alegro enormemente de que os encontrarais y que quisierais compartir vida. Os deseo todo el amor del mundo, ese amor callado, silencioso, evidente, que no necesita de alharacas para hacerse notar; pero al mismo tiempo os deseo la lucidez necesaria para sentirlo y para maravillaros con ese universo frágil e insondable que podéis descubrir, si os fijáis atentamente, tras la mirada de quien os toma de la mano cada día.
FELIZ BODA, FELIZ VIDA.

Para mi hermana Ana.
Y esto, también.


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