miércoles, 1 de febrero de 2017

El día más triste del año

Hoy, dieciséis de Enero, es el día más triste del año.
-Ya no saben qué inventar-. Negaba Fermín con la cabeza, mascullando primero para sus adentros y alzando cada vez más la voz después, mientras cerraba el diario digital que visitaba todas las mañanas. - El día más triste del año, dicen…. ¡No te jode! Tú dile a un sirio o al jefe de una tribu del Amazonas que hoy es el día más triste del año. O si no, vete al Congo y se lo cuentas a las mujeres a las que violan una y otra vez por la guerra del coltán, que lo vi en el programa del Évole el otro día, a ver si no te mandan a freír vientos a Fernando-Pó...- En la mesa de enfrente, Conchi lo miraba callada por encima de las gafas. Cuando a Fermín le daba por repudiar a la especie humana y por lanzar consignas desde el púlpito de su mesa de contable, era mejor no replicar demasiado si no quería llegar a la hora del desayuno convertida en la excusa perfecta para que su colega conversara con su propio ego.
Se levantó malhumorado, subiéndose un poco por detrás los pantalones de pinzas y encaminándose hacia el baño, donde encontró un nuevo interlocutor para su monólogo. – Paco, ten cuidado, que hoy va a ser un día muy triste. ¿No lo has visto en el periódico?, menuda gilipollez...- Iba a continuar con la retahíla pero le interrumpió el zumbido del móvil abrochado en el cinturón. Ángela. ¿Ángela? Dime. Un sollozo al otro lado del auricular. Fermín, mi madre…, que ya se ha muerto. Haz el favor de ir luego a por Ricardo al instituto, que duerma hoy en tu casa. Vale, claro, sí, no te preocupes que yo iré a por él. ¿Y cuándo ha sido?, ¿cuándo es el entierro? Esta tarde a las cinco; se murió anoche, de madrugada…
- Joder con el año nuevo, empieza bien-. Se quedó mirando a su hijo, que le sonreía desde el fondo de pantalla del teléfono. Ricardo y su suegra eran dos de las pocas cosas buenas que le habían quedado de su paso por el matrimonio. Siempre se llevó bien con Fernanda y hasta que cayó enferma estuvo yendo a verla al menos una vez al mes. Ella solía guardarle alguna conserva de pisto* o de tomate casero... Dos meses ha tardado en irse. Y eso que dicen que el cáncer va lento en la gente mayor.
Ricardo permanecía en silencio a su lado con las rodillas clavadas en la guantera**. Dieciséis años ajustados a duras penas en el asiento del acompañante - Oye Ricardo, que si no quieres venir al cementerio no hace falta. Tú te quedas en casa, que hay comida, y puedes ir haciendo los deberes o jugando a la Play…- El hijo negó con la cabeza sin mirarle. Era el momento de poner en práctica su apariencia de hombre, por más que por dentro el niño que era temblara de miedo ante su primera experiencia con la muerte. Aparcaron entre dos cipreses, los dos vestidos de negro, y fueron siguiendo el rastro de conocidos que poco a poco se dirigían a las puertas de la capilla donde se encontraban su ex-mujer y sus hermanos. Por suerte hacía tiempo que Fermín no iba por allí y, quizá por no enfrentarse aún a la mirada de Ángela ni al féretro de Fernanda, fue haciendo inventario de los cambios que descubría a medida que avanzaba la fila, como la tremenda efigie que presidía la entrada al recinto, o las hileras de nichos esperando inquilino; también las obras de la capilla, con ese nuevo tejado, esa pintura y ese reloj, a su parecer desproporcionado, sobre las puertas de la entrada.
La fila continuaba y algunos amigos deshacían la línea para acercarse y darles la mano a él y a su hijo. Ricardo balbuceaba un gracias hacia su cuello cada vez que alguien les interrumpía el paso. Conforme avanzaban, Fermín no podía apartar la vista del enorme reloj que, cuanto más nítido, más extraño le parecía. Unos pasos más atrás se había dado cuenta de que sólo tenía una manecilla de color dorado y ahora, a la altura de sus cuñados, observó que se movía en sentido contrario al habitual. Fundido en un abrazo con Carlos y Fernando fue capaz de sentir el engranaje de su tic-tac martilleándole el cerebro. Cuando se separó de ellos, miró hacia los lados y le extrañó que todo el mundo ignorara aparentemente aquel golpeteo ensordecedor. Ángela los esperaba llorosa, primero besó a Ricardo y cogiéndole la mano, se dejó caer sobre los brazos de Fermín sin poder controlar los sollozos. – Mi madre, mi madre…- Fermín la sostenía, ambos bajo el reloj, y si no fuera porque estaba a punto de estallarle la cabeza por el estruendo de aquella manecilla, él también habría llorado. – Ángela, ¿no estaríais mejor dentro de la capilla?- le dijo al oído. Aquí fuera hace frío y no sé cómo podéis aguantar tanto tiempo debajo de este reloj-. - ¿Qué reloj?-, le respondió extrañada separándose un poco de su abrazo y buscando un pañuelo. – ¿Cuál va a ser?, éste que tenemos aquí encima, éste que va hacia atrás-, replicó señalándoselo. –Fermín, yo no veo ningún reloj-, contestó ella muy seria con la mirada fija en sus ojos.

Se alejó lentamente de Ángela, caminando hacia atrás para apartarse lo suficiente y colocarse frente a aquella esfera que descontaba el tiempo y que sólo él veía. Entonces comprendió Fermín por qué hoy, dieciséis de Enero, era el día más triste del año.



* Son manchegos.
** Dedicado a mi hermana Ana. Ella sabe por qué.


Éste es otro de los frutos del Laboratorio Clandestino de Un Cuarto Propio.

2 comentarios:

  1. Lo peor de esos relojes es que nunca marcan bien la hora, atrasan y adelantan como les sale del... de donde sea, no sirven nada mas que para recordarnos eso de: Tempus fugit.

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    1. Yo creo que más bien sorprenden, que cuando paran uno nunca se lo espera, ¿no? De ahí que, lo que otras veces me has comentado, pongamos en práctica aquello de aprovechar nuestro tiempo. Saludos señor Bubo.

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