viernes, 10 de noviembre de 2017

El Engendro. Parte II

(Continuación del episodio anterior)

- Hola Laura.
- Ho-hola-, respondí trémula sin sobreponerme aún del respingo.
- ¿Te he asustado?
- Un poco, sí…
- Mira que me extraña, si estás harta de verme.
- No recuerdo haberme encontrado antes contigo…
- ¡Pero si estamos juntos todo el día! A cada momento.
- Perdóname si no te reconozco, es que estoy muy agobiada ahora mismo... No veo nada, ni siento nada, no sé adónde ha ido el suelo que había bajo mis pies. ¡No sé dónde están mis pies! Es angustiosa esta luz blanca y plana… ¿No será que estoy a las puertas de…? ¡¿No serás un heraldo de la muerte?! ¡¿Me ha dado un jamacuco?!
- No, tranquila. Estás viviendo un proceso poco común, pero nada grave.
- ¿Pero es un jamacuco o no es un jamacuco?
- No. Has sufrido un desprendimiento de realidad.
- ¿Qué?
- Y yo soy tu realidad, pero concentrada y parlante.
- ¡¿CÓMO?!
- Entiendo que es difícil de digerir. A una no se le cae la realidad todos los días, pero es lo que te ha pasado. Se te cayó la realidad de tanto usarla.
- ¿Pero cómo vas a ser tú mi realidad? La realidad no es ningún ente, la realidad es otra cosa… la realidad es, es…
- … Que no sabes lo que es la realidad, admítelo. Y que tomas por real el cuento que te cuentas cada día.
- ¿Qué cuento?
- Uf, estás más verde de lo que me temía… Mira Laura: lo que tú ves, lo que sientes, lo que crees, no es lo REAL. Sólo se trata de la realidad parcial y sesgada que creas tú y, como tú, cada individuo que vive sobre el planeta Tierra. O sea, que cada persona crea su realidad. Y… ¡voilà!: yo soy la tuya. Soy lo que creas cada día. Yo soy… ¡TU ENGENDRO!
- Me quedo loca.
- … Contengo la herencia cultural de tus ancestros, tu contexto sociopolítico, tu acervo geográfico. Pero también la ideología que has desarrollado a través de tus experiencias, de la opinión de la gente que te rodea, de los libros y periódicos que lees…
- Un momento, si tú sólo eres un compendio de conceptos inmateriales, ¿por qué carajo desde que te has desprendido no puedo tocar mi cuerpo ni ver el sofá ni nada de lo material que me rodeaba?
- Digamos que las cosas, la VERDAD pura y dura, lo que verdaderamente ES, sigue estando ahí: neutral, modoso, pasivo… también tu sofá y tu salón siguen ahí embebidos en esta luz blanca, pero desde que me he independizado no los ves porque solo puedes acceder a todo ello si me pongo delante de tu vista, de tu oído, de tu olfato, tu gusto y tu tacto... Sólo si yo, tu engendro, te filtro e interpreto lo que existe.
- Pero vamos a ver, si aquí delante estaba el sofá, yo tendré que ver un sofá y puntopelota. ¿Qué clase de interpretación cabe ahí?
- No querida, adheridos a ese sofá hay un sinfín de adjetivos provenientes de las ideas que has ido almacenando con el tiempo y que yo, tu engendro, contengo: cómodo, hortera, bonito… el sofá que tú ves no es el mismo sofá que ven tus invitados. Tampoco tu ciudad es la misma en la que viven tus vecinos; ni tus parámetros de justicia son los que deberían engrasar la maquinaria que mueve el mundo...
- Espera, ya sé por qué has venido. Estás aquí por mi cabreo de estos días, ¿verdad?
- Claro mujer. Estabas ahí tan vehemente dando por sentadas y reales tus visiones del mundo que has provocado mi desconexión. Es lo que pasa cuando un individuo cárnico como tú asume como real lo que ve a través de su engendro, y más cuando se despliegan ante él engendros de, digamos, ideas contrapuestas. En ese caso la temperatura del individuo cárnico se incrementa de tal modo que puede provocar la declaración unilateral de independencia de su engendro. Lo que nos ha pasado a ti y a mí, vaya.
- Qué movidón.
- No es poco, no. Se desencadenan guerras y todo cuando la gente se empeña en defender a ultranza su propio engendro. No hay que subestimarnos.
- Oye Engendro, y si cada humano sólo ve su propia realidad, ¿nunca podremos acceder a la verdad verdadera?
- Claro que podéis. Lo REAL y verdadero es la suma de todos los engendros. Sólo hay que asomarse a la realidad de los otros para ir, poquito a poco, componiendo el enorme puzzle de la verdad, es decir, de esta luz blanca y silenciosa que todo lo llena.

Dicho esto, el engendro pegó un salto y se volvió a encaramar sobre mí y sobre cada uno de mis sentidos. Las flores de ajo secas, la ventana, el sofá y mi propio cuerpo volvieron a ser los protagonistas de aquella realidad inmediata. También el teléfono y la pantalla del Facebook con su despliegue de opiniones cercanas o lejanas, eso es lo de menos, de mi círculo afectivo.
Conocer a mi engendro no me eximió de seguir la pauta de mis ideas, no tengo otra alternativa para manejarme en el mundo material, pero desde entonces me acerco con respeto al engendro de los otros porque sé que conocer sus realidades es el único modo de acceder a esa verdad silenciosa que pacientemente nos aguarda.

El Tao Te King, sin pasarse de moda

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Engendro. Parte I

No me va a dar la vida para descubrir todos los secretos que albergo.
Éste apareció ante mí hace unas semanas, no sabría precisar el momento exacto. Surgió tímidamente dando señales que en principio no supe que lo eran. ¿Cómo iba a saber que la indignación y el enfado eran síntomas de su presencia? Pero sucedía, y mis emociones se disparaban ante ciertas concatenaciones de sonidos emitidos por individuos cercanos o lejanos, eso es lo de menos, de mi círculo afectivo.
Después fue lo de los brazos y los ojos. Las secuencias fonéticas que hasta entonces sólo me indignaran, activaban ahora un resorte conectado a mis manos que automáticamente provocaban su elevación y posicionamiento sobre el cráneo. Yo observaba patidifusa el proceso indignación-resorte que en ocasiones tornaba a una variante en la que las manos en forma de puños sobre las cuencas de mis ojos comenzaban compulsivos episodios de frote, acaso para eliminar algún inmaterial velo.
Por último pude verbalizar y tras una nueva exposición a aquellas enigmáticas sucesiones orales, llevándome las manos a la cabeza y restregando mis ojos después, exclamé: -¡Pero dónde está el sentido común!-. Por gracia del verbo, en ese instante una entidad hasta entonces ignorada, se me desprendió de los hombros con untuoso movimiento arrastrando tras de sí una suerte de tentáculos ubicados sobre mis sentidos, dejándome paradójicamente sumergida en una ceguera y un silencio difíciles de explicar.
El sofá donde hasta hace un instante me recostaba mirando el Facebook, mis plantas, la ventana hacia la calle, la tele, el florero con flores de ajo secas…, habían sido engullidos por una nada saturada de intensísima luz blanca. Aislada de todo estímulo no pude escuchar el grito que me desgarró la garganta. Angustiada, quise volver a frotarme los ojos pero ya nada sentía, tampoco el roce de mi piel. Pero entonces ahí, a mi izquierda, descubrí que flotando y perturbando la ausencia de contexto se retorcía una extraña entidad de incontables matices. Aunque espantosa, fue para mí un consuelo hallar una referencia y comprobar que no había perdido del todo la vista.
Reduje como pude el espacio relativo que nos separaba. Era el ente más inquietante de todos con los que hasta entonces me había topado. No era ni sólido ni líquido ni gaseoso pero contenía todos los estados a la vez. Era dúctil y maleable; era ligero y denso al mismo tiempo. Se movía despacio en hipnóticos giros sobre sí mismo pero no era esférico sino irregular. Era una irregularidad constante flotando ante mis limitados ojos. Eso era. 
Me acerqué más todavía al amasijo y para mi sorpresa, bajo de su piel translúcida comenzaron a definirse formas y escenas familiares. Imágenes de mi vida alejadas y recientes en el tiempo, desde mi primer y traumático encontronazo con los reyes magos hasta la profusión de banderas de los últimos días, como si aquel ente fuera una bola blanda de cristal y yo una gitana adivina asomándome a sus entresijos.
Y entonces, con una voz hueca plagada de sonidos, aquella cosa me habló.
 
(Continuará)

martes, 5 de septiembre de 2017

Conversaciones Internas. El Intruso

Hola, soy Domi. Represento al grupúsculo que conforma la parte salvaje de Laura y hoy he venido a denunciar su secuestro y mi desesperación.
Mi desesperación, porque fui testigo impotente del momento en que acaecieron los hechos.
Hechos que relato a continuación mediante reconstrucción fidedigna para información de quien la tenga en estima:

- Laura, ¿puedes venir un momento al jardín?
- ¿Qué pasa, Domi?
- No me digas que no estás notando nada.
- Mmm... no, todo lo siento como siempre.
- ¿Y no estarás ignorándolo?
- ¿El qué?
- Ven y mira. ¿Tú sabes qué es esa cosa con forma de mi*rda gigante que se está comiendo las flores del Jardín de la Creatividad?
- ¡Anda, pero si es INO! Hacía un montón de tiempo que no le veía.
- ¿INO?
- ¿Cómo puedes decir que INO tiene forma de mi*rda gigante?, ¡qué exagerada eres, Domi! Para mí se parece más a la Montaña de Basura de los Fraggle.
 

 - Pero ese INO, ¿qué es?
- Pues es un ente curioso, la verdad, y hasta hoy creía que era más tímido. Nunca ha llegado a acercarse tanto… Sólo sé su nombre y que solía gritarme cosas desde el otro lado cuando el jardín no era más que barbecho.
- ¿Y qué te decía?
- No le entendía muy bien. Que si nosequé de una Directiva de Aguas, o que si la eutrofización de los embalses, los programas de vigilancia de calidad de los ríos… Un día lanzó desde lo lejos un ejemplar de la Constitución Española, no sé para qué. Me la encontré bastante ajada mucho tiempo después entre los jaramagos y las ortigas autolimitantes.
 -Y ¿se te ocurre algo, Laura? No podemos permitir tanto destrozo.
- Me da un poco de respeto. Si te soy sincera, a pesar de lo desagradable que es, siempre he tenido una rara atracción por él. Me resulta interesante en su pestilencia.
- Esto… perdonad que me meta en la conversación pero, ¿no has pensado que ya va siendo hora de intentar un acercamiento serio? Si lo dejas va a terminar con el Jardín de la Creatividad(jijiji)*.
- Pues tal vez tengas razón, voy a ver si me entero de una vez de lo que quiere. Enseguida vengo.
- ¡Espera Laura! ¡Quizá sea peligroso! Además tienes que recolectar del parterre trescientos escritos que sembraste hace una o dos temporadas.
- Déjala, déjala que vaya, no tengas miedo.
- Pero ¿quién eres tú?
- Soy Conveniencia, último eslabón de una larga estirpe de entidades… precavidas.
- Entonces, ¿por qué le has dicho que vaya a hablar con ese engendro si tan precavida eres? ¿Y si la mata?
- ¿Quién, INO?
- ¿También lo conoces?
- Mi familia me ha contado maravillas de las entidades de su especie.
- Pero ¿qué ha venido a hacer aquí? No me parece que esté haciendo cosas inocentes precisamente.
- Jajajaja, ¡que no se llama Inocente!
- ¿…?
- INO es una Imperiosa Necesidad de Opositar y nuestra querida Laura (espera que lo compruebe…) sí, mira, ya está hablando con él.
- Pe, pe, pero… ¡NO! LAURA VUELVE, NO TE ACERQUES MÁS.
- Demasiado tarde, pequeña, están empezando a realizar el Acto Administrativo, cuyo Procedimiento provocará en Laura una profunda ensoñación de la que no despertará hasta que la materia de la que se compone INO penetre como un virus en sus intersticios neuronales.
- ¡Santo Cielo, pero esto es una catástrofe! LAURA, VEN AQUÍ. ¿QUÉ PENSARÍA THOREAU DE TI SI VIERA QUE VAS A SER MUCHO MÁS CÓMPLICE DEL SISTEMA?
- No te desgastes, Domi.
- LAURA, SAL DE AHÍ, POR FAVOR. ¿NO VES QUE CUANDO ESCRIBES CONVERSACIONES INTERNAS ES PORQUE NO ANDA MUY BIEN TU ESTADO MENTAL?
- Domi, ya no te oye, lo siento. Pero no desesperes, no lo veas como si fuera mi*rda, míralo más bien como… abono. Sí, abono para el futuro.
- El futuro no existe, sólo existe el presente. Cómo se nota que no has leído nada de Taoísmo ni de crecimiento personal…

 ******

Y eso fue lo que ocurrió. Ahora Laura se pasa la mayor parte del tiempo rebozándose con INO. Por lo menos el muy bruto ha dejado de devorar flores desde que están juntos. ¡Pero como que me llamo Indómita que nuestro vergel no se va a secar!: cada vez que la bestia la deja un poco libre, lanzo con disimulo unas cuantas semillas en el arriate del teatro o corro a regar el árbol del Bailongo. Y esto no está muy bien pero hago que le duela la espalda para que no se olvide de practicar yoga.
Yo sé que en el fondo lo agradece pues escucho su risa siempre que echo a volar dientes de león con el fuelle de Ilustres Ignorantes.
Todo porque no mueran. Ni ella ni el jardín.
Por mí que no quede…



  
* Risilla emitida por lo bajini.

jueves, 3 de agosto de 2017

Todo un arte

Vete tú a saber por qué aparecimos en la parte privilegiada del mundo, ésa que tiene el honor de cuestionarse su propia existencia, la que ostenta la osadía de poder hablar de felicidad, de prosperidad personal, de autocrecimiento, autonocimiento... A menos de una hora de avión o quizá a pocos metros de nuestra casa se libran batallas para que nosotros cada mañana miremos al horizonte con los ojos aguados y nos preguntemos qué hacemos aquí.
No vengo a sembrar sentimientos de culpa, intervine tan poco en la elección de mi destino como los que mueren escapando del suyo en las aguas en las que me baño cada verano. Pero igualados en inocencia, a nosotros, los ricos, nos toca hacernos responsables y conscientes de nuestros privilegios, aunque sólo sea por contribuir un poco a la justicia cósmica, si es que la hay.
Anhelar la felicidad es uno de esos privilegios que personas como tú y yo, abastecidas, alimentadas cada día, podemos permitirnos. Las luces o las sombras, estar tristes o alegres, es en nuestro caso una elección y decantarte por lo luminoso, si así quieres hacerlo, es cuestión de arte y de voluntad. Así de simple. Es cuestión de cada día, en cada instante, agradecer lo obvio sólo por el hecho de que hay millones de personas que no lo tienen. ¿Quieres ejemplos?
Sin salir de tu dormitorio, cada mañana, agradece el techo que te ha protegido de la noche para guardarte el sueño y el colchón viscoelástico sobre el que tendiste tus vértebras maltrechas. Agradece que si alargas tu brazo alcanzarás a tocar la piel de alguien que ha elegido estar a tu lado pase lo pase desde hace muchos años. Un ser humano, toda una compleja y misteriosa creación que ha decidido voluntariamente caminar contigo.
Incorpórate despacio y agradece que puedes ver para contemplar el escenario cambiante que te ofrece tu ventana. Camina unos pasos hacia el baño, abre el grifo y ¡AGUA! La sangre de la Tierra. El motivo de futuras guerras que a nosotros nos llega sólo accionando un mando. Agradece que nunca tienes sed, que puedes asearte tantas veces como quieras y lavar tu ropa todos los días de tu vida.
Aún con sueño, acércate a la despensa  llena de alimento. Agradece las manos que siembran las hortalizas que comes. Agradece que cuando se acaba, sólo tienes que bajar hasta la tienda o arrancar el coche que por suerte tenéis aparcado en el garaje para llevaros al supermercado. Agradece que puedes caminar y circular en paz porque el país en el que vives no está en guerra. Agradécete cómo gestionas tu dinero y cómo gracias a ello nunca, nunca te falta. Ni tirándolo.
Agradece que respiras, que ves, que oyes, que te puedes mover… porque hay gente que no puede hacerlo. Agradece que sabes leer y que gracias a ello husmeas en vidas ajenas, en historias del pasado, en viajes interminables.
Agradece tu posibilidad de dar vida, que diste vida. Y agradece que la vida se manifestó como quiso, con sorpresas, con situaciones inesperadas, algunas te gustan más y otras menos pero así es ella, no como quisiéramos sino como es.
Y después de agradecer observa qué ocurre con la retahíla de lamentos, con los disgustos que se parapetaron en tu pecho; si los sigues escuchando es que aún no has agradecido lo suficiente. Dime, si adquieres esta costumbre, si no vislumbras algo parecido a la alegría, a una paz sin alharacas pero eterna.
Da gracias porque tienes el privilegio de poder darlas. Da gracias y observa qué ocurre. Di gracias y que pase lo que tenga que pasar.

(Y si por un casual esto no funcionara, baila. Es insostenible la tristeza en un cuerpo danzante).


viernes, 30 de junio de 2017

Magdalena no cree

Magdalena no cree en el amor,
… tal y como se lo contaron.
Magdalena hace tiempo que sabe que el amor se siente de dentro hacia fuera y no al revés. Lo practica a través del respeto hacia ella misma, hacia sus tiempos, sus ritmos, sus inquietudes.
Si tengo que ser algo más precisa, corregiría la frase primera y te diría que Magdalena no cree en la pareja.
Menuda novedad. Seguramente estés pensando que la tal Magdalena no va a descubrir la rueda. Cualquiera al que no le vaya del todo bien con su pareja o que no termine de encajar con otro, hace tiempo que habrá llegado a la misma conclusión. Tú, al igual que Magdalena, ya te habrás dado cuenta que a veces nos embarcamos en relaciones movidos por cualquier cosa que no sea la evidencia, sino la conveniencia. O el miedo, o la comodidad, o la seguridad. Ella y tú sabéis que la pareja puede ser ese tipo de cosas que no dan lo que prometen.
Magdalena intuye que el fallo no está en la pareja en sí, sino en las falsas promesas. Deduce que, movidos por las expectativas, caemos en convencionalismos. Como yo conozco bien a Magdalena y sus tendencias políticas, me atrevo a afirmar que para ella la pareja es un recurso más del capitalismo. Un objeto de consumo. Un debo tener. Así te lo digo.
Pero Magdalena no es de piedra y sus ideas se desvanecen cuando, con la frecuencia de un cometa, se topa de frente con…, ya sabes, esa fuerza magnética tan poderosa que le acerca sin más alternativa hacia quien guarda el otro extremo del imán.
Hoy noto un poco revuelta a Magdalena. Tiene una idea sin palabras a punto de eclosionar. Mientras escribo se asoma por encima de mi hombro, observa la pantalla y menea la cabeza diciéndome que no, que no es eso en lo que ella no cree. Me gustaría que lo contara ahora, ya que tengo el ordenador encendido, pero me da que quiere que le adivine el pensamiento.
Probaré de nuevo: Magdalena no cree en el cómo, en el modo. Eso es, el cómo. Después de asumir que el amor parte de uno mismo y que es evidente que existe una fuerza de atracción entre individuos, a Magdalena se le queda corto que la única manera que haya inventado el hombre para responder a esa fuerza tan poderosa se limite a un único modelo hombre-mujer. ¿Te parece bien esto, Magdalena? No, por supuesto. Me corrige para que universalice lo anterior. Ella quería decir a un único modelo persona-persona, sean del sexo que sean.
Entonces, Magdalena, ¿me hablas de poliamor? ¿Poligamia?
¿Y por qué darle un nombre? (Ya le voy pillando). Tal vez aquello por lo que se revuelve sea el considerar inexorable que cada vez que ese imán se manifieste, haya que involucrar a alguien. A veces fantasea con que algo mucho más grande quiera comunicarse con ella a través de esa fuerza y que los otros, los que aparentemente la provocan, no sean más que simples intermediarios entre la fuerza y Magdalena.
Magdalena más bien cree que la plena libertad consiste en ser honestos a la hora de expresar esa fuerza, ese amor si lo llamamos por su nombre, y olvidarnos de convencionalismos porque, si hay miles de millones de personas en el mundo, todas creadoras, todas creativas, ¿por qué debe prevalecer un único modelo para mostrarlo? ¿Y por qué entonces todos lo ansían? Ay Magdalena, que ya no me parece tan disparatado que asocies pareja y capitalismo
Magdalena sí cree en esa fuerza pero aún no tiene ni idea de cómo se manifiesta en ella. Por eso todas las noches, duerma sola o acompañada, en camas ajenas o habitaciones múltiples, se sienta en su terraza, mira al cielo estrellado y confía en, ese día, haber hecho bien el amor.




Y aquí va una bonita tonada que acompaña al texto, un texto que sin pretenderse viene que ni pintado en la semana del World Pride.

lunes, 26 de junio de 2017

Tu esperado día de Junio

- Vas a ser la última en hablar-, me dijiste el otro día mientras comíamos. -Qué responsabilidad- te contesté, sabiendo que a esas alturas sólo tenía sobre el papel unas cuantas ideas sin hilar. Al mismo tiempo me preguntaba por qué me estaba costando tanto si era tan fácil, sólo había que mirar tus ojos y conocer siquiera de refilón la ilusión que llevas meses poniendo en este día para que la inspiración arrancase a volar. No, no conectaba con ninguna emoción lo suficientemente intensa como para encontrar la argamasa que uniera mis pensamientos sueltos.
Pero ése era precisamente el obstáculo: la búsqueda de emociones. ¡Mira que no haberme dado cuenta! Las emociones, que nos ayudan a acercar lo lejano, a orientarnos en nuestros caminos, a dar nuestros primeros pasos… ¿cómo iba yo a sentir una emoción exaltada ante una presencia en mi vida tan constante y rotunda como la tuya? Lo evidente, lo incuestionable, es tan humilde que no necesita de alharacas para llamar la atención, simplemente, está.
Y es irónico porque, ¿cómo le daría a la vida por unir a dos personas tan distintas como tú y yo para que compartiéramos tanto? Compartimos familia, compartimos habitación durante años y, si yo tenía miedo y tú me dejabas, compartíamos tu cama. Cuando apagábamos la luz me compartías tus historias del colegio y después, las del instituto. Yo escuchaba y me iba haciendo aliada de tus aliados y enemiga de los que te ofendían. Eras mi referencia hasta que fui encontrando las mías propias.
Somos creadoras de dos mundos diferentes girando en un mismo espacio. Hemos aprendido a danzar en nuestras órbitas sin colisionar, respetando cada una el universo de la otra. Eres el cristal que me ofrece otras perspectivas, la ventana a lo que desconozco. Tu mirada complementa la mía y no tengo más remedio que rendirme a la evidencia de lo que veo a través de ti.
Desde mi propio cristal te he visto crecer, te he visto luchar, te he visto reír y llorar… y desde hace un tiempo te veo caminando a través de tus sueños, sintiendo que tu vida se redondea, disfrutando de lo bonito que te tenía guardado. Yo me complazco sentada en mi rincón, sintiéndote cada vez más fuerte y confiada, con la valentía de ir apartando de tu lado lo que no te hace bien y quedándote sólo con lo que florece.
Te quiero mucho, hermana. Gracias por ser mi espejo, gracias por tu ejemplo, tu afán de superación, tu fuerza incansable, tu confianza al perseguir tus sueños, tu sencillez, tus ganas de hacer felices a los demás, tu inocencia.
Me alegro enormemente de que os encontrarais y que quisierais compartir vida. Os deseo todo el amor del mundo, ese amor callado, silencioso, evidente, que no necesita de alharacas para hacerse notar; pero al mismo tiempo os deseo la lucidez necesaria para sentirlo y para maravillaros con ese universo frágil e insondable que podéis descubrir, si os fijáis atentamente, tras la mirada de quien os toma de la mano cada día.
FELIZ BODA, FELIZ VIDA.

Para mi hermana Ana.
Y esto, también.


martes, 13 de junio de 2017

La duda

Elisa, ¿me amaste alguna vez?
Elisa se quedó inmóvil con la mano que sujetaba el mechero a medio camino entre las velas y su propio cuerpo. En el silencio que acababan de engendrar fue capaz de escuchar el sonido del resorte que ya se preparaba para soltar un resuelto claro-por-qué-me-dices-eso-ahora-Federico. Fue entonces cuando se fijó por primera vez en mucho tiempo en los ojos de su marido, que ahora le inquirían pacientes tras la tarta de su sesenta cumpleaños. Desde luego, aquello no era un deseo de cumpleaños al uso.
La suya tuvo la magia de cualquier otra historia si se pasa por alto que sus mundos hasta entonces habían estado separados por un océano. Elisa volaba en la nube del éxito inesperado de su primer libro, un ensayo que proponía un nuevo paradigma en las relaciones afectivas y que, por lo novedoso de la propuesta, pronto se extendió con el favor de las redes sociales primero y con el olfato de un sagaz editor, después. La ola cruzó el Atlántico y la editorial pronto le animó a participar en un encuentro de escritores noveles en el Ateneo, un antiguo teatro de corte clásico transformado en enorme y atractiva librería a mitad de la calle Santa Fe de Buenos Aires.
La oferta fue irrechazable y, aunque sentía que el traje de escritora le quedaba un poco ancho, Elisa atravesaba sin dudas todas las puertas que el destino tenía a bien abrirle. Al tiempo se despedía de los años de soledad tras su ruptura con Jorge y su agotadora sensación de querer avanzar sin saber muy bien adónde. Tenía gracia que todas aquellas anotaciones surgidas para tratar de entender su separación la hubieran conducido hasta ese estado tan pleno del que ahora disfrutaba. Quizá se tratara de una particular y cósmica revancha a la tristeza.
Fede Martínez era el empleado que la editorial había asignado a Elisa Llop para atenderla en sus primeras horas en Argentina. El encargo era muy simple: recoger a la escritora valenciana que llegaba de madrugada, acercarla hasta su hotel y acompañarla hasta el Ateneo. Allí se reunirían con todos los invitados, el resto de escritores, periodistas y editores. Sencillo, si no fuera porque a última hora Karina, su ex y traumatóloga de guardia en el hospital Cecilia Grierson, tuvo que acudir urgentemente a su puesto por un choque múltiple de varios vehículos en la salida hacia Mar del Plata. No tenía más remedio que quedarse con Alejandra. Andaba por eso un poco azorado en el hall del aeropuerto de Ezeiza, sosteniendo con una mano el letrero donde se leía el nombre de la escritora y con la otra agarrando la de su hija que, lejos de rendirse al madrugón, daba saltitos a su lado y preguntaba una y otra vez que dónde estaba España, que si su amiga Julia le había dicho que toda la gente del hemisferio norte era rubia, que cuántos son diez mil kilómetros… Elisa apareció trastabillando con su enorme maleta azul. No necesitó ningún gesto suyo para saber que era ella a quien buscaba.
De pronto recordó cuando se vieron por primera vez. Él la esperaba en el aeropuerto con Alejandra de la mano. Para ser honesta, entre turbulencias y cortas cabezadas, sobrevoló el océano ideando y desechando argumentos propios de una novela de Danielle Steel con el que sería su acompañante. Quizá lo dejo para el segundo libro, reía para sí. Por eso al verlo con la niña se rindió a la insistente ironía de la realidad, mucho más ocurrente que sus limitados y ñoños pensamientos. En cualquier caso aquello la relajó y, espabilada como estaba por el cambio de hora, le pidió a Fede que, si era posible, no la dejara en el hotel. Tampoco quería obligarle a que se quedara con ella si tenía que atender a la niña, sólo le pidió que le recomendara una buena cafetería al lado de algún parque en el que pudiera descansar, leer o estirar las piernas.
A Federico le sorprendió encontrarse con todo lo contrario a una diva y por supuesto le dijo que no la dejaría sola. Alejandra tampoco quería irse, fascinada con el acento de aquella mujer que saciaba todas sus cuestiones sobre los europeos, así que le propuso dejar el equipaje en el hotel y después caminar por las calles adoquinadas de San Telmo y perderse entre los colores del barrio de Boca y Caminito…
… No era justo responderle con frases hechas. Elisa supo enseguida que su marido le hablaba del amor que ella perfiló en las páginas de su ensayo... Se dio cuenta que tampoco con Fede estuvo a la altura de sus reflexiones o que tal vez hubiera idealizado el sentimiento mientras se curaba de las heridas que se hizo al lado de Jorge. Sólo aquel día fue capaz de admitirse que no fue tan inocente como proclamaba en su tratado sobre relaciones. Iba predispuesta a amar, sí, pero también a escapar del tedio y a darle un portazo en las narices a su desamor y a su pasado. Y justo apareció Fede, con su niña tan linda de la mano, menudo, tímido al principio, risueño y atrevido después; contándole del tiempo tan difícil que atravesaban desde la llegada del nuevo presidente, el descontento de casi todos los estratos sociales, de la nueva revolución que ya se fraguaba en aquella Argentina dividida. Pero también, mientras comían empanadas en la orilla del río Matanza, compartieron sus amores, rieron de la tibieza de sus ilusiones, ahora que ambos rondaban los cuarenta y discutieron si Sabina o Serrat podían compararse a Soda Stereo y los Fabulosos Cadillacs.
Fue difícil no querer más, seguir hurgando en los secretos y la belleza de aquel enorme país; traducir los silencios de Fede, la historia detrás de sus ojos; eludir lo que vibraba en ella cuando algún acordeón le susurraba al oído las letras de Gardel. Como difícil fue admitir que cada día que pasaban juntos incumplía algún precepto de  su único libro. Su relación soñada se fundía entre los cojines del sofá donde al anochecer miraban silenciosos la televisión y suspiraban por noticias de Alejandra. No compartieron grandes proyectos ni se revelaron todos los misterios del cosmos con su unión. Sólo fueron dos más. Dos como tantos, con la particularidad de que hasta entonces les había separado un océano. Pero le gustaba estar con Fede y seguir imaginando un mundo distinto a través de la melodía de su verbo. Predispuesta o no, inocente o no, tenía la certeza de que ni San Telmo, ni Caminito ni Soda Stereo habrían sido lo mismo sin él.
Suspiró, encendió las últimas velas y abrió el corazón para responder a su marido.
Adoquines pintados por los alumnos de la Escuela Pedro de Mendoza
Barrio de Boca

Planeé un viaje lleno de actores secundarios que se transformaron en protagonistas cuando encarnaron en mi historia. Estoy aprendiendo que hay guiones que al materializarse son infinitamente mejores que la idea que los concibió.
Este relato está dedicado a Mariana, a Walter, a Fede, a Alejandra, a Fede-2, a Mari, a Julia, a Pepe, a Jorge y a Karina que me acogieron, agasajaron y trataron suavemente en todas las transiciones de una aventura que me llenó de caricias y mate el corazón.